Desplegué mi bastón y me encaminé con las maletas,
hechas previamente por mi ayudante Karen, hacía la puerta de embarque. Karen le
dio todo lo necesario a la señora que parecía ser una de las azafatas del avión
y me ayudó a subir. Supe que habíamos entrado en el avión por los numerosos
gritos de niños pequeños y ese estrecho pasillo en el que mi bastón no cabía.
Entramos en una sala apartada de las demás, ya que todos esos gritos se
esfumaron en cuanto cerraron una puerta con un sonoro golpe. Al parecer, ser
ciega te permitía tener unos asientos apartados. Estaba harta de que la gente
me tenga preferencia por mi problema. Todo el mundo me trata como si no pudiese
hacer nada, como si por ser ciega no me pudiese ir a dar un paseo ni ir a
comprar nada. Karen siempre controla lo que hago o lo que dejo de hacer, y ya
me empieza a cansar todo esto. De ver que no puedo ver y de saber que nunca voy
a dejar de hacerlo. Quizás con este viaje cambian las cosas, pero no tengo
mucha confianza depositada en esto, más que nada, porque seguramente ese
trasplante no salga bien. El viaje paso demasiado lento para mí, ya que nunca
había ido en avión y en cuanto noté que nos elevábamos casi me da un ataque de
histeria. Bajamos del avión dejando atrás las numerosas peleas para que me
dejasen libre y las numerosas noches llorando preguntándome porque maravilla
del mundo soy ciega y porque esos padres que nunca he llegado a conocer me
abandonaron. Muchas veces me han hablado de ellos por petición mía, aunque
siempre me avisaban de que dolería, y no se equivocaban. Decirme porque me
abandonaron o como eran mis padres duele. Duele porque no sé por qué extraña
razón eran así. Estaba tan ensimismada en mis pensamientos que me asusté cuando
noté el olor a coche inundándose en mis sentidos olfativos, más desarrollados
por mi falta de vista. Me senté en el asiento y Karen se sentó a mi lado. Nos
pusimos rumbo hacía ese apartamento del que Karen tanto me había hablado. Karen
era un gran apoyo, pero era igual que todos. No me deja ir sola a ninguna
parte, siempre con su compañía o con la de alguien del centro. Des de que tengo
uso de razón ella ha estado allí conmigo, si o si. Solo me deja ir sola al baño
para hacer mis necesidades, para la ducha siempre tiene que estar ella. En su voz
se nota que me tiene pena, ya que a mi corta edad, no tengo ni familia ni uno
de los 5 sentidos. Y le agradezco que me ayude, pero no me gusta que me tenga
compasión, simplemente porque puedo hacer todo lo que ella puede hacer. Me
puedo orientar mejor que la gente que ve porque memorizo. Siento las cosas des
de dentro, y no siento las cosas por como son des de fuera. Siento la voz de
cada una de las personas que me hablan, sus respiraciones normales o agitadas.
Palpo con los dedos de mi mano cada uno de los rasgos de la gente que me rodea
y puedo tener una visión de ellos, aunque no me crean. Puedo escribir, puedo
leer. Puedo hacer todo, aunque ellos no lo sepan, o no lo quieran saber. Para
ellos siempre seré la pobre niña ciega que no puede hacer nada y a la que sus
padres abandonaron cuando apenas tenía meses. La gente se aparta por los
pasillos del centro para que no les dé con el bastón. La gente que viene nueva
porque sus padres no tienen el suficiente dinero como para mantenerla o
simplemente porque han muerto me ayudan si me caigo, pero no me dan una
oportunidad para levantarme a mí. Nadie nunca me la ha dado. No me gusta que me
traten así, pero sé lo que hay, y lo que hay es una niña a la que nunca dejarán
de tenerle preferencias. Salimos del taxi y Karen me agarró del brazo. Entramos
en lo que parecía mi apartamento durante unos cuantos años. Al parecer, era una
de las primeras personas de ese hospital a la que le hacían ese trasplante, un
conejillo de indias. La casa parecía grande por los numerosos ‘’wow’’ de Karen.
Ella estaba bastante deprimida con este viaje ya que en unas horas o escasos minutos se marcharía
por mí décimo octavo cumpleaños. Ya cumplía la mayoría de edad legal y Karen
era ayudante de niños menores, así que me agenciarían a otra chica para
ayudarme en todo lo que pudiese. No tendré ni un día de libertad hasta que
llegué la próxima ayudante. No me han dicho nada de su nombre, supongo que ni
ellos lo sabrán. Karen descargó todas mis maletas y rechazó varias veces mi
ayuda.
- Yo estoy aquí para
ayudarte, no para que tú me ayudes a mí.- resople
- Tozuda…-susurré. Se rio
y siguió descargando todo. En el fondo la quiero mucho. Nunca se lo he dicho.
Nunca le he dicho a nadie si le quiero o no. Supongo que si tuviese familia se
lo diría a todas horas, pero no la tengo. Karen es mi única familia y se iba a
marchar de aquí a unos minutos, en realidad, solo había venido para acompañarme
en el vuelo.
- Te echare de menos.-
mis ojos abiertos miraban a ninguna parte, intentando localizarla por su
respiración o el sonido de las maletas. Una gota recorrió mi mejilla haciendo
al final un cumulo de ellas. Escuché a Karen acercarse y me dio un fuerte
abrazo, como si no me quisiese dejar marchar. Le correspondí aún más fuerte,
luchando por quien hacía más daño abrazando.
- Sabes que yo también lo
haré, yo también te extrañaré. Pero te prometo que los días de fiesta que me
den con la niña que me agencien, vendré aquí y te visitaré.- agarró mi mandíbula,
la cual estaba agachada.- Te lo prometo, ¿vale?- noté como me miraba a los
ojos, aunque no lo pudiese ver, sentía su mirada posada a mis ojos azules
tirando a blancos. Sonreí y volvimos a unir nuestros cuerpos nuevamente para
abrazarnos.
- Eres mi única familia,
no me falles por favor- mi voz estaba quebrada des de la primera palabra que
mis labios expulsaron y mis lagrimas pasaron a ser un mar cayendo sobre mis
mejillas. Y eso era lo que me iba a separar de ella. Mar, océano.
- Escúchame.- resoplo.- vas
a estar bien aquí, te van a curar.- resoplé.
- Pero yo quiero que te
quedes aquí conmigo, juntas, las dos, la una con la otra. Tú has pasado por una
situación parecida a la que he tenido con mis padres, y siempre me lo dices,
solo me tienes a mí. Pues ya esta Karen, ¿no te parece eso suficiente como para
dejar el centro de acogida y venirte aquí?- mis lagrimas ya habían dejado de
salir hacía pocos segundos, pero seguía con un nudo en la garganta.
- Otros niños me
necesitan, sé que te cuidarán bien. Confía en mí, ¿me prometes que estarás bien?
- Te lo prometo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario